Servir a Dios es dar a otros de lo que somos y de lo que tenemos, es parte esencial de quienes somos, es la forma más genuina de mostrar el amor y la misericordia de Dios, sin embargo, cuando llega un hijo, la rutina y el tiempo cambian radicalmente y algunas veces nos puede parecer que ya no estamos haciendo lo mismo que antes para servir a Dios.
Las tareas diarias se multiplican y, mientras los padres intentamos adaptarnos a esta nueva etapa y encontrar quiénes somos en las diferentes áreas, también podemos preguntarnos cómo vamos a continuar con el servicio a Dios.
Algunas veces podemos sentirnos mal por no tener la misma disponibilidad de tiempo que teníamos antes. Podemos pensar que debemos volver a hacer todo como lo hacíamos antes e incluso, podemos llegar a sentir que están haciendo menos para Dios.
Una nueva adptación a nuestra forma de servir
Es importante entender que nuestros hijos también necesitan experimentar ese amor y esa misericordia de Dios, y una de las formas en que pueden hacerlo es a través de nosotros.
Ellos necesitan de nuestra presencia, de nuestras palabras, de nuestras acciones y de nuestra guía. Necesitan saber que somos un lugar seguro, donde van a encontrar amor, paciencia, perdón y otros valores que les permitan ver reflejados la misericordia y el amor de Dios en su vida cotidiana. Es en la convivencia en casa donde los formamos, los guiamos, corregimos y acompañamos… y eso es servir a Dios.
El Salmos 127:3 dice:
He aquí, herencia de Jehová son los hijos; Cosa de estima el fruto del vientre.
La Palabra dice que los hijos son herencia de Dios, y como padres tenemos la responsabilidad de cuidar esa herencia y guiar a nuestros hijos hacia el propósito que Él tiene para sus vidas.
Guiar a nuestros hijos al propósito de Dios
Cada cosa que hacemos por nuestros hijos tiene un valor, cada abrazo, cada enseñanza, cada corrección, cada oración y cada momento que compartimos son oportunidades para sembrar en sus vidas.
El ser padres también puede permitirnos comprender de una manera diferente el amor de Dios. Cuando pensamos en cuánto amamos a nuestros hijos y en cuánto deseamos cuidarlos y darles lo mejor, podemos entender un poco más cómo Dios nos ama a nosotros, porque si nosotros, aun siendo imperfectos, sabemos dar buenas cosas a nuestros hijos, cuánto más Dios, tal y como lo dice Mateo 7:11:
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
El tiempo que hoy dedicamos a cuidar, enseñar, abrazar, corregir y acompañar a nuestros hijos también es importante. Es una responsabilidad que Dios nos confió al conceder esa herencia y al mismo tiempo, una oportunidad para sembrar en la vida de alguien que un día crecerá y tomará sus propias decisiones.
Criar a nuestros hijos es una tarea que nos transforma, y es una oportunidad para mostrarles, desde lo cotidiano, quién es Dios y cuánto nos ama.
